Cuando el eje no gira
La mayor parte de la vida humana transcurre dentro del movimiento.
Cambian las circunstancias y cambiamos con ellas.
Un día hay claridad, otro confusión.
Un día fuerza, otro cansancio.
Eso no es un fallo: es la rueda.
En términos taoístas, es el fluir de los opuestos.
En términos gnósticos, es el mundo del devenir.
Nacer, crecer, perder, desear, temer, volver a intentar.
Nada de eso está mal. El problema no es que la rueda gire.
El problema es girar con ella.
Toda rueda tiene un eje. La rueda se mueve; el eje no.
Cuando el eje gira junto con la rueda, la identidad se desplaza con los hechos.
Si todo va bien, el yo se expande.
Si algo falla, se contrae.
La vida se vuelve reactiva, incluso cuando es inteligente o “consciente”.
Por eso hay personas sabias que siguen siendo arrastradas internamente por lo que ocurre.
La sabiduría puede armonizar el movimiento, hacerlo más elegante, menos torpe.
Pero no necesariamente cambia el punto desde donde uno es.
Decir que “el eje no gira” no significa indiferencia ni desconexión.
No significa no sentir, no actuar o no involucrarse.
Significa algo mucho más preciso:
la experiencia ocurre sin que el punto de identidad se desplace.
El cuerpo sigue en el mundo.
Se enferma, envejece, trabaja, paga impuestos, se enfrenta a límites.
El conflicto aparece. El placer aparece. La pérdida aparece.
Pero no hay apropiación interna.
El hecho pasa, la emoción pasa, la acción se ejecuta y no queda residuo.
En el taoísmo clásico se dice: actuar sin dejar huella.
En la gnosis: no quedar capturado por el mundo.
No porque el mundo desaparezca, sino porque ya no define quién sos.
La mayoría de las personas vive como un péndulo.
Oscila entre entusiasmo y decepción, entre expansión y contracción, entre sentido y vacío.
Eso también es la rueda, vista en pequeño.
Cuando el eje no gira, ocurre algo distinto:
ya no somos el peso del péndulo.
Empezamos a trepar por su hilo.
El péndulo sigue oscilando abajo.
Las circunstancias no se detienen.
Pero la referencia ya no está en el extremo, sino cada vez más cerca del punto de suspensión.
Ese movimiento no es una huida ni una regresión.
Es un retorno al origen sin perder forma.
Por eso es importante distinguir entre sabiduría e iluminación, algo que suele confundirse.
El sabio comprende.
Tiene claridad mental, criterio, incluso profundidad espiritual.
Sabe cómo moverse en la rueda sin romperse.
Pero su identidad aún responde al movimiento:
algo todavía lo toca, lo irrita, lo afirma o lo hiere.
El iluminado no es alguien que “sabe más”.
Es alguien cuyo eje ya no gira.
Su acción ocurre sin apropiación.
No necesita justificarse, no acumula identidad espiritual, no deja estela emocional.
Desde afuera, muchas veces, no se distingue del sabio.
La diferencia aparece en situaciones límite, donde el ego sería inevitable.
Ahí el sabio gestiona.
El iluminado no es gestionado.
Cuando el eje no gira, la vida sigue pasando.
Pero ya no te arrastra.
