La lectura no exige respuesta

Se ha impuesto la superstición de que la visión clara exige una acción inmediata, como si la comprensión trajera consigo una deuda moral que obliga al espíritu a descender al fango de la opinión, la forma mas baja de conocimiento. Como si ver fuera un llamado. No lo es. Opinar, advertir, intervenir, corregir, tomar partido, etc, todo lo que hoy los algoritmos provocan y alimentan, son justamente todo lo que nos impide restaurar la soberanía del espíritu sobre la sustancia.

Distinto sería si es dirigido personalmente a Usted, en cuyo caso puede que haya que dar respuesta.

El primer caso es lo que genera buena parte del ruido actual. Personas que reaccionan no porque haga falta, sino porque no toleran la incomodidad de ver algo sin intervenir. Confunden acción con responsabilidad, cuando muchas veces la acción es solo una forma de descargarse.

Responder sin que la estructura lo demande no es compromiso, es interferencia.

El caos, entre sus múltiples funciones, opera como un tamiz: separa a esclavos del impulso de los aquellos que gobiernan su propia voluntad.

Por eso, en cada disturbio encontrará usted, personajes agitando el acero ante cualquier sombra, buscando validación en el ruido. Frente a ellos, solo prevalecen las presencias imponentes: aquellas que evalúan el abismo con la mano en la saya, sabiendo que su espada no se desenfunda para el espectáculo, sino para el destino.

Cuando la comprensión es real, no hay urgencia, no hay necesidad de convencer, ni de alertar, ni de corregir a otros. La claridad no empuja. Se asienta. No se trata de indiferencia o pasividad, sino de precisión en saber distinguir entre lo que pide respuesta y lo que pretende consumir nuestra atención.

Muchos creen que si no reaccionan, y en el momento, están consintiendo, que el silencio siempre es complicidad. El ego se reclina cómodamente en el miedo, y para impedir que se haga una lectura certera de la situación, le susurra: "El que calla otorga". Y entonces se detona la reactividad.

La mayoría de las respuestas humanas no surgen de la comprensión, sino del malestar que produce comprender. Se responde para calmar la tensión interna, no porque la realidad lo requiera.

Cuando se lee una situación en lugar de reacción, queda una marca clara: silencio interno. No euforia, no indignación, no impulso. Desde ahí, si una respuesta es necesaria, aparece sola, sin cálculo, sin esfuerzo.

Entender no obliga.
Ver no crea deuda.
La lectura no exige respuesta.

No responder donde no toca también es una forma de estar situado.